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ALCUDIA

 

Hasta las expediciones de Alfonso VII a mediados del siglo XII no aparece mencionado este célebre valle ganadero, afirmándose que en 1.130 “Ganó dessa y da este rey don Alfonso demás a Alarcos ... et Mestanza et al Alcudia et Almodoval... “; en el pleito de 1.309 entre la Mesta y la Orden de Calatrava, sobre dehesas,  no aparece el nombre de Alcudia que varios autores aluden, si bien por estar incompleto el pergamino no puede afirmarse definitivamente su omisión; dos siglos más tarde de su conquista aparece varias veces nombrado en el Libro de la Montería “el campo de Alcudia”, con ocasión de describir varios montes buenos para oso en las sierras que lo limitan, además de señalar numerosos puntos situados en el Valle en su parte de Almodovar, como el Puerto de las tres Ventas, la sierra de Robredo, la cabeza y collados de la Peñalosa, los Santiagos d’Alcudia, la senda rubia que va a Sant Johan, etc.

 

En las Relaciones de Almodovar de 1.575 se consigna que “...en el término está el Valle de Alcudia, dehesa de Su Majestad...”; otras relaciones lo sitúan geográficamente, ... al poniente es... Almaden ... a once leguas ... en medio está el Campo de Alcudia...”; y asimismo dan otros datos económicos que van recogidos en los capítulos correspondientes; al estar atravesado este Valle por el Camino Real de Toledo a Córdoba fue por fuerza conocido por numerosos viajeros, y entre ellos Don Miguel de Cervantes que sitúa en una de sus ventas, llamada del Molinillo, el comienzo de la acción de una de sus novelas, consignando que se encontraba “......en los fines de los famosos de Alcudia, según vamos de Castilla a Andalucía...”

 

Ya a partir del XVI se mencionan restos de población romana en el centro del Valle, donde existe la ermita, venta y aldea de la Bienvenida, así como en otros puntos, noticias que han seguido siendo confirmadas reiteradamente con posterioridad.

 

La Orden de Calatrava entró en posesión de la totalidad del Valle probablemente en 1.245, siendo dividido en dehesas y estas en millares para su aprovechamiento ganadero; la parte del término de Almodovar correspondia a la Mesa Maestral, menos una dehesa que era de la Enc. De Almodovar; se empezó a desamortizar en 1.769, y después de varias vicisitudes se terminó su desamortización en la segunda mitad del XIX, estando hoy dividido en quintos de ganaderos particulares.


EL REAL VALLE DE LA ALCUDIA, por Víctor de la Serna

A mi querido amigo Justi,

quien de niño aprendió del Valle

 . 

A Francisco Rodríguez Cortés,

cid del Valle, afanoso, diligente,

y forjado en las tierras del Valle

 ** 

 

A raíz de unas crónicas viajeras escritas por Víctor de la Serna para el diario ABC, la editorial Maeva editó en el año 2000 un libro con el título de “Nuevo viaje de España. La vía del calatraveño”. Me he permitido extraer uno de los capítulos, el que habla del Valle de Alcudia y del yacimiento arqueológico romano de Sisapo, para conocimiento y recuerdo de las gentes que habitaron en el Valle y para los que sin vivir en él el Valle les dio sustento.

 Este es su relato completo. 

______________________

EL VALLE REAL DE LA ALCUDIA 

Quizás te debo, querido, alguna explicación de mi silencio en estos días. Entre que a uno se le pega todo lo malo –en este caso la afición del Guadiana a ocultarse y volver a aparecer- y entre que me he metido en un pedazo de viaje demasiado bravo, el caso es que no me ha sido posible lanzar mi crónica sobre “ABC”. Si ello te ha permitido descansar, me alegro. Si has echado de menos mis cartas, me alegro aún más: señal de que te divierten. De muchas cosas tengo que hablar, pero a mí no me han mandado a opinar sobre caminos, albergues, confort y otras cosas, sino a contarte cómo aparece a mis ojos España, este adorable complejo. Luego, ¡allá tú, amigo! Yo te digo cómo son las cosas que me llaman la atención y por dónde se va. Vete, si puedes y si quieres. (De momento, ¿verdad, compañero?, es aconsejable el tener fe en el español suelto, en su capacidad de improvisar un albergue civilizado, en lucha contra el medio, y su hospitalidad. Y luego llamar a su puerta y pedir posada.)

 

Te dije que iba para el Valle Real de la Alcudia, una de esas inmensas soledades que quedan en España. Soledad agitada por una vida tremenda que casi no se percibe desde lejos, pero que te abruma y te posee hasta la fatiga –una dulce fatiga- cuando te entregas a ella. Al Valle Real de la Alcudia –que ya no es La Mancha, que fue de la Corona y luego de Godoy, duque de ello, y ahora es de dos centenares de propietarios, todos ganaderos-. Se entra por Puertollano o por Almodóvar. Si vas en tren se aconseja por muchos motivos (entre otros el de tropezar con la gente más hospitalaria del país) la estación de Veredas.

 

Veredas es, casi únicamente, la estación y la casa de labor moderna y confortable de un hidalgo lanero, don Bernardo Manzanaro, que en el estragal fresco de su casa tiene disecada una enorme cabeza de toro. No hizo este animal ninguna brava pelea ni reventó caballos a cornadas ni derribo un ídolo ensangrentado, ni fue nada de eso que luego decimos que es lo bonito y lo viril –ahora se dice “lo macho”, ¡bueno!-.”Arriscao” era un retinto de los Pedroches, bravo con los bravos y que cuando había que arrancarse sobre el rival en los prados de la Alcudia se arrancaba y hacía huir con su brama celosa a los novillitos atrevidos. Pero era tan noble y sus cuarenta arrobas eran tan dóciles al yugo honrado del trabajo a la hora de la verdad que él solo acarreó todo el material para construir uno de los más modernos centros de concentración de la lana merina de España. Su dueño ha perpetuado de tan enternecedora manera la noble cabeza del “tótem” que parece proteger contra todo riesgo material la entrada de la casa.

Y ahora, compañero, “venga la mansedad de la oveja. Digamos algo de una animalia tan inocente, tan sin voces y sin ruido, tan quieta; al trasquilar, calla, y aun cuando la matan no da voces. A ellas, por mucha inocencia y obedecer y callar es comparada la pasión de nuestro Redentor Jesucristo…” Así, con estas palabras limpias, de una tersura frutal, habla de ellas aquel prodigio del estilo, Gabriel Alonso de Herrera, que se moriría de tristeza con sólo leer un párrafo de quien yo sé.

 

Trescientas mil ovejas pastan desde octubre a mayo en la pradera de la Alcudia, que hasta en tener ríos mediterráneos se parece a Australia, y que, según el ventero de la Venta de la Inés –que está al pie del Puerto de Niefla (1.093 metros sobre el nivel del mar), “visto a plomo parece Texas” –el ventero estuvo allí-. Son ovejas merinas, trashumantes, que ahora están ya en las veranizas de Riaño, Quirós y los Vellos, en la raya de León y Asturias, por donde nos veremos pronto. Se ha discutido mucho y apasionadamente –y se sigue discutiendo- entre ganaderos y labradores, sobre las ventajas e inconvenientes de las seculares instituciones de La Mesta  (Mesta es igual que mixta, mixtura y mezcla; y lo es de los ganaderos de la cabaña española, que es la única, con la de Cachemira y la de Grecia, que trashuma o transmigra). Hay quien sostiene que la oveja merina –la “pécora”, como la llamaba, más por indignación que por respeto al latín, el padre Sarmiento- procede de Inglaterra, y por haber venido por el mar, se debiera llamar marina y no merina. Otros dicen que las trajeron los benimerines. Y otros, tirando de la hebra etimológica con esa cargante tendencia de algunos a complicar las cosas, le buscan el origen a la palabra y a las mansas animalias en las profundidades de la fábula. El que quiera saber más, lea a Julius Klein, profesor de Harvard, que de las merinas, de la Mesta y del gigantesco raudal de oro que la lana ha supuesto para la finanza española, sabe más que nadie y lo dice en su libro La Mesta, que se lee como una novela.

 

La Alcudia es eso: una Alcudia, es decir, una cuenca. Tiene el valle sus buenos noventa kilómetros de Este a Oeste, por una anchura media de unos treinta. Pueblos, lo que se dice pueblos, sólo hay tres o cuatro, y pequeños. Veredas, que es acaso el más chico, es, por lo que hemos dicho, el más modernizado. De su estación, que es la única del valle, salen todos los años cincuenta trenes de ganado que van a las veranizas (ahora casi toda la trashumancia se ha motorizado, con lo que ha perdido poesía y se ha encarecido la lana, pero que lo han ganado las ovejas).

Habitan la Alcudia unas veinte mil personas, distribuidas en quintos (el quinto es la extensión de pasto que puede alimentar quinientas ovejas, o, como decía con su seria gracia lusitana el caballero Ponz, “la extensión de terreno que puede vigilar una niña hilando”, tierna y humana medida hecha a escala de ojos de niña). Hay un quinto que se llama “del torero”: es de mi casi homónimo Victoriano de la Serna. No sé si habrá un quinto que se llame “del Señor”: debiera haberle, y entonces sería de Antonio Pérez Tabernero, merinero, caballista y galán.

 

Pero  hay un quinto maravilloso. Un quinto a todo color, el de Hoya-Matilla. Es tan bello que parece inventado, como todo lo que ocurre siempre en esta Mancha, siempre inesperada. Está en un alto, como todos (porque, la verdad, compañero, es que, además de los ojos de la niña, hacen falta los avizores ojos del rabadán, y los ojos y el oído del mastín para vigilar al lobo y al cuatrero, que pueden llevarse a la oveja… y a la niña) y esta Hoya-Matilla, insultante del blanco de la cal, del bermellón de los geranios y del corinto de una buganvilla. La gente que habita allí tiene un aire digno y señor. El hombre, de unos cuarenta años, es alto, fino, con pinta lagartijera (“Lagartijo” llegó a ser el prototipo del serrano cordobés fronterizo, hispano-romano, elegante y serio). Ella es joven, resuelta, con una linda voz y unos dientes maravillosos. Me ofrecen vino y queso para refrescar, y me sacan un perfumado pan recién cocido: un pan rubio que chasca bajo el sol, junto al vino de color de ámbar, como si supiera que está componiendo una “naturaleza viva”, que es mucho más bonito que una naturaleza muerta.

 

Se me ha ido el día en el Valle: unas veces viendo cerca de mí las águilas, inmensas, confianzudas, seguras de que como ahora no hay corderos, no las oxean los zagales, y de que tienen que conformarse con algún conejillo inocente. Otras veces, buscando dialogar con la sombra del centurión o del liberto, que habitaron la población romana cuyas ruinas he pisado junto a la ermita de la Bienvenida. ¿Quién habitaría aquella casa? ¿Qué mujer pondría flores en aquella ánfora del “impluvium” y qué ojos soñarían con la distante patria desde las soledades de Oretania? Unas chiquillas rubias, con los ojos grises, juegan a las casitas ahora con los ladrillos romanos que coció el colono con ramón de enebros y sabinas, perfumada leña, buena también para el asador. Las chiquillas tienen el instinto de que aquello es respetable, y lo cuidan, porque, además, el señor alcalde de Almodóvar y el doctor Seco (que, además, les cura gratuitamente las paperas) les han dicho que aquello tiene que verlo el gobernador. Ellas han hecho una trampeja deliciosa: jugar “a los cantillos” con unas bolas de barro. Y es que ellas no saben que el señor gobernador sonreiría viéndolas jugar a los cantillos con las mismas pitas con que jugaban las hijas del liberto.

La mastina que está a mi lado se alza y ladra a dos jinetes que vienen por la sabana. La mastina tiene una perrita, una cadiella canela, que me muerde la suela de las botas. Está cayendo la tarde tan dulcemente que no me acuerdo de la distancia que me separa de Almodóvar del Campo. Casi no me acuerdo de nada. ¡Y de verdad, compañero, me siento tan bien!

 

Los dos jinetes llegan al quinto. Uno de ellos, tan pequeñín, tan recortadito, que parece un menino de Velázquez, monta un caballo grande a cuyos ijares llega difícilmente con sus piernecillas. Se da cuenta de que le miramos con esa cruel curiosidad que se nos escapa tantas veces ante lo anormal, y se venga con una elegancia que nos humilla. Avanza hacia nosotros a trote de salón, haciendo “valsear” al caballo con un braceo de parada. Descabalga de un salto; el caballo extiende sus manos hacia delante, el jinete se destoca, y saluda:

-Curro Barba, desbravador, de Linares, para servir a Dios y a ustedes.

Curro Barba, don Francisco Barba, nuestro amigo desde ahora, bebe un vaso, lía un cigarro, nos cuenta que corrió la llave en Linares el día de la muerte de Manolete, y nos dice que si hemos de andar el camino hasta Almodóvar hay que apurarse. 

Compañero, ¡qué pueblo es éste! Sí, éste: España. ¿Te das cuenta?

Al fondo, al Este, una masa de luces violentas, lívidas, casi inhumanas, bajo las primeras estrellas, se ha encendido: es Puertollano, un extraño pueblo que vigila la puerta oriental de la Alcudia. Por la otra puerta, a cien kilómetros, vigila Almadén. Como si los tesoros minerales que la Alcudia encierra tuvieran que ser guardados por los dos pueblos mineros. Inútil guarda. La Alcudia prefiere el chozo, la brama, los balidos innúmeros de la primavera, cuando cien mil corderos nacen sobre las margaritas de la sabana medio andaluza, medio manchega, que le da un río al Guadiana y otro al Guadalquivir. Y prefiere oír los “zumbos” de los mansos. Hay cien pozos abandonados de viejas explotaciones plomíferas, que han acarreado ruinas y muertes, y que han expulsado de la Alcudia a cuantos han intentado sorprender, de su seno, otra cosa que no sea la lana, el balido y la hierba.

Sin embargo, cuando los faros del coche iluminan los crótalos de acero verdoso de los olivos del campo de Calatrava, se siente un alivio…


 

 

 

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