Mario Hidalga Redondo
Menuceles de mi vida
PRETENDÍA SER UN LIBRO, PERO...
ANTES, UNAS PALABRAS ACLARATORIAS
Con el paso de los años el porvenir deja de ser una preocupación, mientras que el pasado, al que nunca le hicimos el menor caso, empieza a fijarse en nuestra conciencia. Este carácter es evidente y también contrario al del adolescente, que con gesto limpio y hasta contumaz rechaza cuanto le aconteció, pero espera del futuro. Y debe ser entonces, con el paso de los años - que es cuando el escritor siente más la necesidad de recordar su pasado que la de adivinar su porvenir -, el momento de escribir sus Memorias o su Autobiografía.
Yo nada de esto pretendo, porque mi vida no merece la pena ser conocida y menos juzgada, por cuanto como la mía hay cientos de millones: es más vulgar que un plato en una cocina. Entonces yo, sin ser nadie, ¿qué pretendo con esta promesa de libro? Pues, sencillamente, eso; que el pasado ya está anclado en mi ser y pugna en mis adentros por contar unos hechos, con el lenguaje del momento, que no pasan de ser anécdotas de una vida que se va esfumando y que no se volverá a vivir. Porque recapitularla es tomar conciencia de lo que se ha hecho y de lo que se pudo hacer, y vernos como no nos veíamos cuando éramos protagonistas. Y porque, además, no debemos cruzarnos de brazos y soñar que nuestra vida solamente ha sido una sucesión de días inocuos interrumpida por tragedias financieras o amorosas o familiares. Estas historias bien pueden formar parte de las crónicas de una España que venía de una guerra fraticida, pobre y necesitada de todo excepto de inteligencia y mandatarios. Una España moral, expulsada del mundo de los sentidos y encerrada en apreciaciones de conciencia.
En principio, estos primeros capítulos tratan de los episodios emergentes de mi juventud desde mis primeros recuerdos hasta los veintidós años, aproximadamente, que fue una marca muy definida en mi calendario. Un estadio en el que mi vida sendereó por latitudes diferentes, con pasos distintos y felices y con preocupaciones más idealistas. Y todo ello tratado festivamente, sin asperezas y sin humores acres, porque ya la vida está suficientemente repleta de tremendismo.
Hay una concepción de la literatura calificada como trascendente, que es cuando el escritor plantea situaciones graves y caldosas que rebasan su propia literalidad; es decir, que escapa a la letra del texto o al sentido exacto y propio de las palabras empleadas. Pero hay otra concepción lúdica, traviesa, alocada y hasta alegre, que no tiene más pretensiones que quedar reducida al ámbito verbal y conceptual en que se desarrolla. Las dos han coexistido durante siglos –hasta el XX la canónica fue la trascendente-, pero hoy no tiene por qué ser así, hoy se postula por hacer placentera la lectura. Como nos dejó dicho Cervantes en el prólogo a sus Novelas ejemplares, “no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean: horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse”. Esta y no otra es mi intención.
Mientras voy escribiendo, quienes me leen me preguntan si estos breves relatos son ciertos o de ficción. Yo les respondo que mitad y mitad. Nadie escribe sin experiencias vividas; los libros que leemos están basados en conocimientos y en las buenas o malas lecciones que nos da la vida. Y esta experiencia adquirida se voltea al papel, que espera dócil, muy dócil, el galanteo de la pluma. En definitiva, quiero decir que los hechos que aquí se relatan son reales, la sustancia sobre la que gira la historia es cierta, y ésta es una mitad.
Pero a la sustancia yo la saco de paseo para que el sol y el aire le den color y alegría a su cara. Y esa es la otra mitad, que cierta es, como es - si se me permite el paralelo - , cierta e insustituible el agua de la aceña que mueve la piedra; pero que el molinero después la trabajará a su antojo. Ya ésta depende de la mirada del escritor, del giro que le quiera dar, del humor del momento en el que escribió, de la fuerza con la que se enquistó en el corazón. De muchas cosas. Es el condimento que le da forma y gusto, o la guarnición con la que se adorna el plato gustoso de la vida. Aquí cabe la invención, el recurso, el estilo, el capricho… Los fuegos de artificio, tan bellos y tan inocentes.
Ninguna de las mitades podría vivir cómodamente por separado, al menos según mi forma de entender la escritura. Se necesitan ambas para que el plato sea presentado a la mesa y quede redondo a la vista y al placer. Forman un nudo gordiano que yo al menos no sé encontrarle los cabos.
Termino diciendo que en esto de la escritura, ambos protagonistas, - pluma y papel - , constituyen el único matrimonio feliz, el único matrimonio del mundo que no se engaña. Bendecido por un escribiente, éste recorre su vida, escribe retazos de ella y el papel la acepta sin más.
Por eso, cuanto más inteligentemente se combinen ambos, mejor será el plato. Y el libro.
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1
LA TORMENTA
Un goterón de agua reventó en el polvo de la calle, izó con levedad la tierra y dejó un minúsculo cráter en el suelo.
- A mis pies se abrió, allí mismo donde yo me entretenía recogiendo los bolindres de cristal y de barro con los que jugaba yo solo. Esta mañana se los he comprado al trapero Julián por dos reales, un dinero que me ha dado mi tío Falín y me los he gastado en cuatro canicas de barro, una de cristal y una flauta roja, que quiero aprender a tocarla. Me gusta más la guitarra, pero cualquiera le dice a mi padre que me compre una. Ya antes del goterón había mirado al cielo, que iba poco a poco entristeciendo el día quitándole la luz y el sol; pero yo, tan pequeño como soy, la única importancia que veo en esto es que a las calles del pueblo les desaparece la alegría y se quedan tristes porque al cielo se le ha ido el azul vivo que nos ciega la vista, y desaparece el sol, que nos aplasta apenas alumbra. Y también sé que no se puede vivir sin él, porque es quien hace nacer las semillas para que tengamos pan, y flores que animen el campo y los patios de las casas con aromas y colores, y árboles de los que podamos coger brevas y naranjas y cermeñas de las huertas del pueblo.
Instantes después llovía a mares, primero con escandalosa fuerza modosa, borrando los perfiles de los tejados, los trazos de las puertas y de las ventanas, y tapando el cielo con un telón gris. Ya la tormenta palpitaba, como un corazón herido, media hora antes. Y luego reventaron las nubes, azuzantes y secas al principio. Poco después se convirtió en una tormenta hermana del Diluvio Universal, apocalíptica, envenenada con unos truenos que retumban como tambores cósmicos y unos rayos que parecen enviados para sembrar la ruina y la desgracia.
- Este vendaval de agua me ciega y me atrapa, es como si quisiera encerrarme en un pueblo desconocido del que se hubieran llevado los colores. Todo es gris, no veo nada con tanta agua y tanta oscuridad. Me he atrincherado en el quicio de un portalón y desde allí miro hacia arriba, hacia un cielo que ya no está, que lo han ocupado los relámpagos y los truenos justo encima de mi cabeza, y cuando siento el resplandor de la centella me tapo la cabeza y la escondo entre las piernas y le rezo al dios de la tormenta para que me deje en paz y no se acuerde de mí, porque voy a morir aquí mismo ahogado o quemado o atravesado por alguna culebrina, que igual me da. Y le rezo también al Dios que me ha abandonado sin conocer el motivo, porque yo no soy malo, rezo todas las noches, no digo palabrotas, curo las alas rotas de las golondrinas y me aplico en la escuela. A lo mejor en este momento hablo y maldigo a alguien o blasfemo, pero no me doy cuenta. Realmente, no sé lo que sale de mi boca ni de mi cabeza, porque tanta agua y tanto ruido me tiene aturdido y acobardado. Y encogido, creyendo que de esta manera no me harán daño los relámpagos. Seguramente el agua ya va por las copas de las encinas del Valle, el arroyo se habrá llevado por delante la tejera de Eufemio, y los eucaliptos de Cuerdas irán navegando por La Periquina y por Los Cercones camino del mar en un agua llena de pájaros muertos. El mar se saldrá de su sitio, los muertos se filtraran de sus tumbas y todos flotaremos y chocaremos unos con otros, tan muertos como los muertos del cementerio. Sólo Dios sabe lo que puede pasar. Aquí vamos a morir todos menos los peces. A lo mejor esto es el fin del mundo, y si no lo es, el mundo no va a quedar igual. Las aguas se llevarán los dineros, los juegos, las brisas de las eras, el cine de Vicentito y hasta el amor de la Regina y Eufemio. En este rincón, acurrucado y abultando lo que un gurriato, recuerdo cosas de Dios, de este Dios que me tiene desamparado y que no me va ayudar como lo hizo con Noé cuando aquello del Diluvio, que se ahogó todo el mundo menos él y su mujer, porque lo avisó, y el hombre le hizo caso y construyó una barca en la que convivían perros y gatos y elefantes y ciervos y leones, que no acierto a entender cómo los educó para que no se comieran entre ellos, y allí estuvo días y días hasta que salió el sol por una rendija del cielo y soltó una paloma de entre los animales que llevaba y regresó dándole los buenos días; porque me han dicho que las palomas saben orientarse y diferenciar el sol de la luna y el día de la tarde. Y si hablaba es que hasta le dio tiempo a Noé en el viaje a enseñarla a hablar. Nos tiene dicho el maestro que le llevaba una ramita de olivo y yo nunca entendí adónde fue por ella porque todo era un mar, sin árboles ni piedras ni comercios que vendieran nada. O algo así pasó, no me acuerdo bien ahora mismo, según estoy. A mí me parece que esta mañana ha empezado ya otro Diluvio y Dios nos ha sentenciado a muerte, ahogándonos sin avisar, y eso no está bien porque si a mí me da un toque yo ahora estaría subido en el eucalipto más alto como única solución. Porque barcas no sé hacer, ni yo ni el Medio Litro, que es el mejor carpintero del pueblo, así que aquí me tiene Dios, que no sé que querrá hacer conmigo. Seguro que Él no me quiere porque pudo haber retrasado la tormenta para que me diera tiempo de llegar a casa para no mojarme y no sufrir con tanto miedo. Yo no sé que querrá hacer de mí, pero si de ésta salgo vivo es que me está probando para algo gordo.
- Cada vez que el trueno parte el aire me acuerdo y rezo aquello de “Santa Bárbara bendita que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita”, que es lo que yo oía a la Remedios, mi vecina, una persona que no creía en los curas. Y sin embargo cuando otras veces tronaba con menos ímpetu que ahora se acordaba de esa santa, y digo que algún valor tendrá ese rezo y en algo me ayudará.
-Yo nunca he visto llover de esta manera y tengo para mí que el monstruo que está enviando tanta agua venga a por mí, que soy el único niño que seguramente estoy fuera de casa en estos momentos. Pienso que los truenos son el ruido de un carro gigante con piedras como la iglesia de grandes dando tumbos que conducen los demonios por el cielo a mucha velocidad. O a lo mejor va tirado por caballos salvajes de mucha fuerza porque en el cielo nadie sabe lo que hay ni lo que puede pasar. Lo más seguro es que sea lo de los caballos, y las culebrillas sean el restallar del látigo arreando a los animalotes esos. Así me lo tienen dicho Jerónimo y Eustasio, que son unos hombres de los que más saben en el pueblo. Y que ese carro viene hacia mí para arrojarme desde arriba toda la carga que transporta y matarme para calmar algún agravio de alguien que debió haber hecho alguna cosa muy mala. Como aquel señor de barbas, un santo creo, que veo en los dibujos de los libros de Historia Sagrada con un cuchillo alzado y dispuesto a clavárselo en el pecho a su hijo, que lo tenía al pobre debajo con los ojos espantados y no sabía de qué iba aquello, esperando una muerte horrorosa porque sabía que lo iban a asar en una lumbre que ya estaba preparada. Así o más estoy yo, muerto de miedo.
La lluvia batía la tierra sin piedad hasta poner en sus ojos una luz animal, desesperada. Su espalda se arqueó un poco más y fue acogido en ese momento en el miedo de todos los siglos. Así, hasta que las aguas se fueron calmando y pudo hablar.
- Pero no me ha pasado nada. ¡Nada! Sólo que mi ropa escurre el agua sin necesidad de estrujarla con las manos y que la calle se ha convertido en un río tormentoso que arrastra todas las inmundicias que fue encontrando en su camino. Pero estoy vivo porque me noto el chapoteo del agua en el fondo de los zapatos y así como estoy cruzo la calle varias veces con los brazos en alto, salpicando el agua y brincando mirando al cielo, agradeciéndole la suerte de haber nacido. Estoy empozado en barro, pero gozo de la alegría de saber que estoy vivo. Ha sido la primera vez, después que el miedo salió de mi cuerpo, que sé que la vida vive conmigo, que la vida es como una persona a la que ves y le hablas y te acompaña. Doy más saltos donde más agua hay. La vida es como una madre, que siempre está contigo y a la que quieres porque te acaricia y te regaña. Ahora me doy cuenta que quiero vivir, que quiero cumplir años. Me siento nuevo, una pluma es mi cuerpo, mira, (y vuelve al agua y la coge con las manos), soy capaz de hacer de todo, mañana iré a la iglesia y voy a jurar a gritos lo que nunca se me había ocurrido. En mi cabeza, a medida que las casas blanquean y el cortinón se abre a cuchilladas y puedo ver el color del cielo, se van encendiendo muchas cosas de esas de las que hablan tantos los padres para los hijos: Yo ya me veía de mayor estudiando en la capital como Josefita, la hija del veterinario, o como mi primo José Aurelio, que va para médico y dice que se va a ir a los barcos y ver muchos mares. O como José, el taxista, que tenía un coche Seat, negro y culón, que llevaba a la gente a Ciudad Real y a Almadén, y agarrado al volante iba como un obispo.
Poco más tarde, las aguas, en su querencia, se perdieron escandalosamente calle abajo, camino del arroyo Grande, volteando piedras todavía por el Fontarrón. Pero quedó un reguero, fruto de la desesperación de la correntía, en el centro de la calle; “que ya sabía yo que cuando las construían y ponían los cantos redondos los albañiles, el nivel parecía estar estropeado porque no coincidía la burbuja con la señal. Pero no. Y era por eso por lo que el agua iba por el centro de la calle, que de estas cosas ya me daba yo cuenta”.
Ni corto ni perezoso hizo un dique con las menudencias que bajaban por la calle. Dos amigos se le unieron a la acción y represaron el agua más arriba en dos veneras. Apostaron por la más resistente de las tres en sendas series, construidas de manera que la primera fuera en la fase siguiente segunda y la segunda tercera, y así hasta que todas fueran primeras y últimas.
- Esto lo inventó Pepe, que era el mayor de los tres y el de mayor ingenio. Apostamos bolindres por la de mayor resistencia, que para eso había llegado esta mañana el buhonero Julián. Me gané unas canicas porque a mí el agua me gusta más que a ellos y la disfruto mejor y no reparo en ponerme perdido, que ya lo estaba. Pero lo que he perdido ha sido la comida porque se me ha olvidado ir a casa. Y después de jugar fue cuando van y me dicen Pepe y Arsenio que “tus padres te han estado buscando y que a la hora que vas a llegar y de la forma que lo vas a hacer, ya te puedes ir preparando.
Y me fui a casa otra vez con el miedo en el cuerpo.
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2
SIGUE LA TORMENTA
- Cuando mi madre me ve entrar con esta facha casi se cae. Primero enmudeció y luego llama a mi padre con gritos que yo no sabía descifrar si son de júbilo o de enojo. O de horror. Y mientras mi madre trae ropa limpia y seca y me desnuda, mi padre habla y habla… “Estás tú muy equivocado, contigo es que no se puede. ¿Es que no veías el cielo, negro como boca de lobo? ¿Es que tú no sabes lo que es una tormenta?”. Yo le digo que miré al cielo y lo vi oscuro, pero… “¡Pero, pero!; más cabeza es lo que hay que tener, en vilo hemos estado por tu culpa, y mira como vienes de barro, hasta las orejas, a pique de coger una pulmonía”.
- Como no me deja hablar yo miro a los ojos de mi madre, que los tiene serenos y que no dice una palabra, y le cuento a ella que no me ha pasado nada, que estaba jugando, y que no me había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo; que hacía veneras con Pepe y Arsenio; que en el pueblo no llovía casi nunca y menos así y que para una vez que se puede disfrutar del agua…
- “¿Disfrutar? Y nosotros, ¿qué?, eh, ?qué?!”.
-Yo, después, no entendí la regañina, porque mi padre hablaba para las personas mayores y yo soy un niño que lo que me gusta es el sol y el agua, los bichos, los campos de espigas, las amapolas, los pájaros, las hormigas, y todo eso. Y la escuela. Y que mi padre no sabía de aquel hombre del catecismo que se le fue un hijo de casa a ver otros mundos y que cuando el hambre lo dejó en los huesos, regresó, y su padre, que se creyó que se lo habían comido los lobos o se lo habían llevado los gitanos para venderlo, no sé muy bien cómo pasó aquello, se alegró mucho y lo vistió lujoso, y le dio a beber orujo y vino del bueno para que entrara en calor y no terminara de morirse, y mató una vaca para que todos los mayores del pueblo comieran, y una cabra para los niños, que también se acordó de ellos. Era un hombre bueno. Y así supieron que su hijo había vuelto.
- Pero yo he vuelto ¿y qué? Debe ser que lo mío es otra cosa diferente.
Yo no entiendo a los mayores.
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3
SE VA LA ONDA
Esta noche no voy rezar porque ningún santo acudió en mi ayuda ni cuando la reprimenda ni cuando la tormenta, porque en ningún caso me quitó los miedos; así que me vengo de ellos para que se den cuenta de que les falta una oración y se tomen el trabajo de encontrar al culpable. Y si acaso me localizan y me dicen algo yo sabré contestarles, porque aunque soy niño yo me noto con mucha fuerza dentro. Pero ni siquiera san Antonio, que es el patrón del pueblo y que le corresponderá a él, digo yo, manejar las cosas de aquí, se me presentó en sueños anoche. Debe ser que casos como estos los arrinconan en el cielo, sin más, porque se darán muchos en el mundo y seguramente no habrá santos bastante. O a lo mejor es que se pierde el rezo en el camino, como las palabras de la radio de mi padre cuando se pone a oír Radio Pirenaica muy bajito para que sólo lo oiga él, no sé por qué, porque a mí me gusta escuchar cosas de Franco, el jefe de España, que yo empiezo a entender un poco las cosas que pasan. Yo le pregunto qué es lo que ha dicho y me dice “no sé, se va la onda”, y me explica que las palabras viajan por el aire, “como cuando tú vas a Almadén en coche, pero por el aire”. “Pero es que hasta Almadén hay una carretera y el taxi de José, que se conoce el camino”. “Pues como si condujera sin ver y sin carretera”. “Eso es imposible, ¿cómo vas a ir tú a los Lentiscales con los ojos cerrados?”. “Bueno, da igual, tú te lo crees y ya está, que lo he leído yo en los libros. Y punto en boca”. Será verdad, porque si mi padre lo dice, ea, pero hay muchas cosas de los mayores que yo no las entiendo.
- Ni siquiera me ha dicho nada el Ángel de la Guarda, ese que dice el maestro que está siempre con nosotros, cuidándonos. Estará, como le dije un día a la catequista y me gané un pescozón, cuando no lo necesito, porque cuando me asusto o me caigo, nada, no aparece. Y este plantón que me acaban de dar los santos me está preocupando mucho, yo que nunca les he pedido nada y siempre me acuerdo de ellos. Menos la noche pasada, y no sé si los voy a querer más. Digo yo que Dios, que en la escuela nos enseña don César que es omni no se qué, que ahora mismo no me acuerdo de lo que sigue, bien podría elegir y nombrar a más gente para que todo esté muy bien cuidado y se acuerden de Él, y le recen los niños, y vaya mucha gente a misa, y los mayores no digan blasfemias, que es una cosa muy fea. El caso es que yo conozco a gente muy buena, que podrían ser santos, lo que pasa es que no van a misa y eso no gustará allá arriba donde se reúnen; pues eso, que primero será que haya que ir a misa, saberse el catecismo de Ripalda de pe a pa, confesarse, y querer mucho a don Daniel y no darle disgustos, que yo sé de doña Ángela y otras personas que se ponen en la primera fila de la misa esperando que diga alguna cosa que no les guste y luego lo critican con ganas, y eso no debe ser así porque es el cura, sabe mucho de todo y habla con Dios, que él y sus jefes son los únicos que pueden hacerlo. Bueno, y también Franco.
- Pero volviendo a lo mío, digo que no tendrá importancia en el cielo porque soy un niño y estoy solo, que si hubiera sido mayor y el jefe de mucha gente, ya lo creo que me oiría y me haría caso. Como le hizo a aquel de los libros, que con un garrote de encina, tocó un mar lleno de agua hasta arriba y lo abrió para que la gente que iba con él pasara sin mojarse los pies siquiera. Y retuvo las aguas con dos diques que construyó sin llevar albañiles entre su gente, ni haber piedras ni cemento ni nada por los alrededores. Sólo arena, porque era un desierto y a la arena, ya ves, a la nuestra se la lleva el arroyo en cuanto corre un poco. Que yo no sé cómo pudo hacer ese disparate el hombre de la túnica y la garrota sin Dios; tuvo que estar allí, seguro. Y además en persona divina, que todavía no he entendido bien lo que eso es, pero nos lo dicen así en la escuela y es sagrado. Y tuvo que ser Dios y no un santo, que era una obra muy grande para un cualquiera.
LAS PASADERAS Y EL FLAMENCO


- Pero, bueno, yo me dormí anoche pensando en el agua y cómo iría el arroyo de caudaloso, que seguro que los ojos del puente de Casas Viejas los habría tapado el torrente de color chocolate con leche, que ese era su color natural. Y hoy me he ido al arroyo por la parte del Pilarillo, que hay unas piedras altas pingadas y asentadas firmes en la tierra, que los mayores llaman pasaderas. Y como su propio nombre indica sirven para pasar el arroyo de un lado a otro cuando viene desabido y desabotonado, como ahora. Ya había niños mayores saltando por entre las piedras esas y yéndose de una orilla a otra y mojándose los zapatos porque el agua las cubría. Y yo quiero hacer lo mismo que los mayores y voy y bordeo el agua y como los zapatos ya están embarrados, pues me da igual; así que desde el filo de la pared de la huerta de Ángel el de la Engracia salto a la primera piedra que el agua la tapa y que yo sé que está ahí, pero no estaba, y caí al agua con mucho estilo, como una rana, que yo las he visto lanzarse a los charcos con las patas abiertas y con mucho arte cuando me llevan a cogerlas de noche con un carburo. Pues eso, la corriente me arrastra y me lleva hasta un saliente al que puedo cogerme, y así salgo. Y salgo peor que ayer porque ahora llevo el color del chocolate y aunque seque la ropa por mi cuenta, en mi casa seguro que se van a enterar y ya tenemos otra, “que no vas a salir más de casa, que te vamos a atar en el corral, que te voy a mandar a guardar guarros…” en fin, esas cosas que dicen los mayores que no entienden a los niños. O no se acuerdan, porque ellos también jugaban con el agua, las piedras, las espadas de madera... Y hasta a los santos, que antes había cajas de cerillas igual que ahora. Y a mí me ha contado Glafiro el Peluso, que es muy mayor y ha hecho la mili, que hasta jugaban a las cartas y se jugaban dinero. Y eso sí que es malo, porque pierdes y te quedas sin comer. O sin pagar la luz y ya tienes que vivir a oscuras por las noches y no oír a Juanito Valderrama decir aquello de Como una blanca paloma mi niña va hacia el altar, que tanto le gusta a mi madre porque habla muy bien de una hija muy buena y guapa, que hacía la primera comunión, y eso impresiona; tanto que la Obdulia se tiene que esconder para llorar. Y si le toca a mi tío Alberto y no puede oír a Manolo Caracol, no te digo nada, que me contaba una noche que me llevaba a la era en un caballo colín y blanco, precioso, de mi otro tío Falín, que lo vio en un teatro de Madrid cantando carcelero, carcelero, cierra puertas y ventanas, y cerrojos, y las rejas de la cárcel, y todo hay que cerrar para que no se escape la mujer que bailaba a su lado, que era una pécora, qué es eso, le pregunté, una mujer mala, de esas que fuman, me dijo para entendernos de hombre a hombre; yo lo entendí. Y me explicaba que lo cantaba con mucha lástima y queriendo cogerla de las trenzas de su pelo, pero sólo alargaba la mano y se quedaba con ella tiesa a media distancia como pidiendo dinero y con las piernas abiertas y un poco echao palante, ¿qué hacía ella?, bailaba, sobrino, bailaba, se movía como una yegua en un campo de amapolas. Y como ya llegamos a la era, no me contó el final y no supe cómo terminó aquello, si a la bailaora la metieron en la cárcel o se escapó. Seguro que se escapó porque yo le he oído decir a Pepe el Guacha que “las mujeres son mu malas y que a toas las tendrían que cortar el pescuezo”. Y mi tía Angelita dice que a los hombres había que cortarles eso, que yo no me atrevo a nombrarlo por mi cuenta, porque son malos y regañan mucho y no les dan dinero para comprar vestidos. Así que yo no entiendo a los mayores, pero si sé que a mi tío no le van a cortar la luz porque le gusta mucho el cante. ¡Menudo es mi tío si le falta el flamenco!
- Y claro, si gana ya tiene dinero para comprar una radio buena de las que no se les vaya la onda, que las habrá en la capital, seguro, y para escuchar la Pirenaica y Radio Andorra, que ahí canta mucho Antonio Molina soy minero, y lo repite para que sepamos que trabaja en una mina y por si acaso se le va la onda a la radio y no nos enteramos a la primera de su profesión, que puede ser, porque como va por el aire y no hay caminos, se puede despistar y se puede ir al aparato de otra casa, y allí a lo mejor están de luto o hay enfermos y no quieren músicas. Y también puede comprarse un aparato en el que se oiga toda la música del mundo, hasta rancheras que me gustan a mí, y tangos para que los escuche mi padre y aprenda a bailarlos con mi madre, que canta por Gardel. O ir otra vez al teatro cuando acabe de trillar y guardar la paja, que me parece que es lo último que se hace en las eras. Y también podrá comprarse un sombrero como el del Manolo ese de la cárcel, ponérselo terciado como él, y dejar la gorra de cuadros, que ya tiene muchos años.
- Pero no, yo creo que lo mejor es no jugar a las cartas. Y si uno se va de noche a las eras en un caballo colín con su tío, no debe olvidar que le tiene que pedir permiso a sus padres, porque si no lo haces te puede caer algún mojicón o alguna regañina. Como a mí esta noche, que aunque me disculpo diciendo que voy detrás y cogido bien fuerte al tío y que apretaba las rodillas a la barrigota del caballo, tal como me enseñó, no me libré. Y sólo fuimos a dar una vuelta, que si tardamos…
- “Y no te disculpes, que la disculpa es signo de debilidad”, me dijo como si hablara para otra edad.
- ¡Yo no entiendo a los mayores!
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