EL PATIO DE MI CASA ES PARTICULAR
En la casa había un corral con gallinas que levantaban gusanos y semillas con tesonero afán y picoteaban la granza que les suministraban, pita, pita, todos los días; un gallo blanco de porte envidiable que cruzaba de punta a punta y como un relámpago sus dominios; que era el dueño y señor del corral, que abortaba cualquier injerencia molesta, menos a aquel aguilucho que descendió veloz una mañana y se llevó entre las garras un pollo de cría, y el gallo blanco y majestuoso disparó sus alas y se escondió detrás del tronco del granado que se levantaba delante del almacén.
También había una zahúrda en la que se cebaba hasta el mes de diciembre una cerda que tenía, como las hojas del granado, sus días contados. Y delante del corral un patizuelo separado por una acitara y por una puerta de madera, doble y batiente, por la que se ganaba el corral. De su decorado formaba parte un acirate cuidado con embeleso y en el que mi madre veía crecer pericones granas y amarillos, uña de gato, gitanillas rojas y margaritas blancas, que ella misma plantaba. Con puntualidad de calendario. Y al lado de este acirate, a la derecha, un árbol –melia lo llamaba- fecundo en hojas y en flores penacheras que, al abrirse, un aroma dulce y cálido violentaba el aire. Cuando el otoño se llevaba las hojas, aparecía el fruto amarillo, maduro y abundante, en el extremo de las ramitas semejando manos huesudas colgando en la desnudez de sus ramas. En los días grises de invierno se veía el árbol con lucecitas brillantes, como si le hubiera caído un rocío o una lluvia de oro.
Hoy es un patio en el que crece una palmera datilera, un limonero y un albaricoquero. Se miran, se hablan y se entienden. También se besan, y mi padre, antes de que se engolfen en abrazos, los castiga con las tijeras de podar. Yo les hablo a solas y les digo que a ver qué va a pasar este año, que cual de los tres va a ofrecer a mi padre lo mejor de cada uno. La palmera es gigante como un molino de viento, yo solo no abarco su tronco; abrazándolo me quedo en la mitad y algunas veces si mi amigo Pepe está en casa, lo rodeamos, lo abrazamos uniendo nuestras manos y la palmera nos gana.
Las palmas bajeras se las ha mutilado el vecino de patio porque invadieron su altura y arañaban los cristales en un ademán de hacer presente su gigantismo. En las fendas tienen pensión los embudos y unas yerbas livianas que acepta sin compromiso sólo porque verdeen el marrón de su tronco. Son como un adorno. Regala dátiles en penacheras amarillas y atractivas que cuelgan como ubres desde su altura máxima. En los crepúsculos, un enjambre de gorriones alegra con su guirigay los atardeceres y las madrugadas.
El limonero se estira hacia arriba camino del cielo, como si quisiera besar las estrellas. Me gusta el verde de su color.
Por las copas es ya un árbol indómito. En la primavera es un nevero de azahar que inflama el patio de perfume para después dejar colgados y visibles, como burbujas de oro, limones grandes, redondos y amarillos. Como el sol de vivos.
El albaricoquero crece a lo ancho y va torcido huyendo de la palmera. Eso debe ser, porque los ladrones, que ya están torcidos, también huyen de quien más poder tienen. Las ramas son lisas y más amables que las de los otros dos, que se protegen con unos pinchos más finos que las agujas que mi madre guarda en el costurero.
Florece y una nube más de flores blancas ilumina el patio. Es el único de los tres que sabe que cada hoja tiene su hora y que, llegado el momento, se desprenderán de sus ramas con cualquier cosa, un soplo de aire, el suspiro de alguien que llora, la lluvia cayendo en una tarde plácida de domingo. Pero antes de esto, ha dejado una fruta que en su punto es mantecosa y más dulce que el azúcar.
Abajo, a sus pies, los arriates de narcisos, gladiolos y jacintos, entre rosales púrpura, son como enanos guardianes.
Mi padre no se decide ningún año por ninguno de los tres, no sabe por cual decidirse como el mejor. Me dice que son distintos y que cada uno de ellos lleva en sí la bondad de la creación. Me dice que cada árbol es como es. Igual que las personas. Solamente se diferencian de ellas en que los árboles dan lo que tienen sin pedir nada a cambio.
El patio de mi casa es muy particular.
EL HUERTO DE PALARINES
Al huerto de Palarines le han vestido de blanco inmaculado. Como a una novia que fuera a casarse, así está. Su pared, por arriba y por tramos, tiene los dientes limados por las inclemencias y por el buen hacer del hombre. Piedra sobre piedra ellas se dan la mano con fuerza en un abrazo indisoluble, como parte de un todo, escalando y construyendo el muro. Así nos acompaña desde hace más de medio siglo. Hermanadas, a esta pared la remata una visera de gruesas piedras que le da al resto sombra y le quita frío.
Como la pared es baja, desde una leve altura de fuera veo el interior. Cultivos de hortalizas sobre tierra mullida. Verde jugoso alrededor de la noria y cerca de ella una higuera de pobre fronda. Hay otras más jóvenes, más verdes, más frescas, en los confines del huerto. Un tordo se entretiene visitándolas en vuelos nerviosos. Yo creo que es el mismo pájaro pero son tan cortas sus visitas que me hace dudar sobre si será el mismo el que va y viene.
De la madreselva cercana a la puerta me llega una fragancia almibarada que exhalan sus flores de color amarillo crema. La corregüela, que no se avergüenza por tener los tallos rastreros, invade un rincón y solea flores blancas. Más allá, lejano y poderoso, el Burcio.
Abandono y cuando me alejo, el tordo ha cambiado una vez más de higuera. Pienso cosas extrañas sobre la naturaleza, la primera semilla, las cosas más simples, y no sé porqué.
En el silencio de la calle he oído pasos y me detengo. Me vuelvo y no veo a nadie. Era mi corazón que jugaba y me hablaba.
CARNESTOLENDAS
En Carnaval se revuelven todos los armarios y todos los rincones de la casa. Se busca un disfraz y se encuentra uno con su pasado. Eso dice mi madre. Cuando el Carnaval no se había comercializado, uno se iba a una tienda a comprarse máscaras y ropas de personajes de cuentos, tebeos o películas. Lo que se hacía, me sigue contando, era disfrazarse con las ropas viejas propias o ajenas que uno encontraba en los baúles. Hay quienes sostienen, con mucho sentido común, que el Carnaval era una ocasión para, una vez al año, sacar todos los trastos viejos de casa, revisarlos y tirarlos a la basura, seleccionando antes lo que servía para disfrazarse. Es una oportunidad para ponerse trapos que ya no se llevan. Y se aprovecha para vivir unos días en unos hábitos que no son los propios y con unas caretas que no nos corresponden.
Pasado el Carnaval llega la Cuaresma. Tiempo de quitarse la máscara y mirarnos tal como somos. Lo cual no es motivo de tristeza. Continúa mi madre diciendo que Dios nos ama tal como somos, sin disfraces ni etiquetas ni apariencias ni disimulos. Y si ella lo dice, será verdad
UNA VISITA INESPERADA
Sonó el timbre de la puerta de mi casa. Pego el ojo a la mirilla y observo al contraluz la figura de una joven. Como soy educado, abro y después pregunto.
-¡Hola!
-Hola, me llamo Purificación.
Ahora veo a la chica al completo, recortada su figura. Es rubia. Es guapa. Es mediana de porte. Viste elegante y se le adivinan muestras sobradas de limpieza y pulcritud.
-Yo soy Mario. Adelante, Purificación; no se quede en la puerta; ahí hace frío.
Lleva una carpeta bajo el brazo. Se cubre con un abrigo de piel, negro azabache, al que le ha subido el cuello.
-Verá, yo venía...
-Pasemos al salón, estaremos más cómodos. No es mi costumbre recibir visitas de pie. Cuando me agradan, naturalmente.
Me adelantó y percibí la sutiliza del aroma de un perfume caro. Por el pasillo taconeaba con soltura. Una chica con clase.
Durante el breve recorrido, pensé: Esta joven no tiene más de veinticinco años. Está guapa la tía. Es distinguida. ¿Qué vendrá a hacer aquí? Si yo no le debo dinero ni a Hacienda ni a los bancos, ¿quién la habrá mandado?
-Me doy cuenta que tiene usted una casa muy bonita.
-Normalita (ésta va a ser de Hacienda, ya verás).
-Y muy ordenada. No le falta a usted ni un detalle.
-El mérito es de una mujer que me viene de vez en cuando y es a ella a quien le debo la organización. (Me está sonsacando, querrá saber si poseo dinero negro).
¡Aja! ¿También tiene sirvienta?
-No; no es así exactamente. Es casi de la familia, una recomendación: la cuñada de una amiga mía. Ya ve, ¡nunca me acuerdo de su nombre! (No me escapo, y más si me descubre que la estoy mintiendo).
-Y muy bien decorada, muy buenas pinturas y muy buenas cerámicas.
Me hace la observación mirándome a los ojos de una manera muy directa y muy cercana; me llega su perfume.
-Me gusta la pintura y como estamos en la ciudad de la cerámica, pues... (Ya lo tengo claro, viene por mí. ¡Qué lástima de mujer!).
-Lo entiendo.
Purificación, ¿por qué no se sienta? Déme el abrigo y acomódese en el sofá. (Sea quien sea, venga a lo que venga, me gusta esta chica una enormidad).
Me da las gracias y me entrega el abrigo.
-Bonita prenda. ¿Marmota?
-Chinchilla.
-En lugar de dejarlo en el perchero, que puede deformarse, con su permiso lo voy a depositar en esta habitación de al lado, sobre la cama.
Dije cama intencionadamente. Palabra satánica.
-Perdone la ausencia; es donde mejor está, en la cama. (Cité de nuevo “cama” con más fuerza: si cuela, cuela).
Sentada se le adivinaban unas formas perfectas; la cabellera le brillaba aún más, los ojos más vivos miraban con más fijeza; el rosa pálido de sus labios le agrandaba la boca. Y sus senos, dos palomas de arcilla.
-¿Qué quiere usted de mí, Purificación?, le hablé muy directo, con ganas de romper el hielo, con la intención de intimidar y buscando una respuesta clara. Parece que me entendió.
-Llámeme Puri, Mario.
-Gracias, Puri; antes de nada, ¿quiere tomar algo? (Ya le comenzaba a hablar sin utilizar el freno, retrasando que me hablara de la gestión que le trajera a mi casa, que era lo que menos me importaba).
-Pues... un zumo. ¿Tienes naranjas? Es lo único que a estas horas me permite la dieta.
-Recién traídas, me las escoge la hija de la frutera; lo que pasa es que yo no sé manejar la maquinita de hacer zumos. A lo más que llego es a enchufarla. (¡Y sigue la tía una dieta!, así está ella. ¿Tendrá novio? ¡Claro que sí, con ese cuerpo! Yo no me desanimo, a mí me da igual).
-No importa, lo hago yo. ¿Dónde está la cocina?
-Ven; por aquí. (Ha dicho cocina, pudo haber dicho cama).
¿Te hago otro para ti?
-Sí, por favor, si no te importa.
-Mira y aprende. Se enchufa, se presiona este botón rojo y empieza a dar vueltas este cimborrito de arriba. Y ahora, por abajo, por aquí, ¿ves?, sale el líquido.
-No es difícil explicándolo tú. Podrías venir a enseñarme el funcionamiento de los aparatos que hay en casa. Contigo aprendería yo enseguida. (Está tomando confianza, ya veremos qué pasa).
-Bien, ahora vámonos al salón y mientras bebemos te cuento el motivo de mi visita. Así, sentaditos, antes brindamos por...
-Por el amor. (Dije yo, lanzado y directo como una flecha).
-Por el amor, ¿de qué?
-Pues... por el amor a la humanidad, a los seres queridos, a la naturaleza...; por el amor de Busch a los árabes, por el de México a Cortés, por el de Juan Carlos a Chávez... En fin, por el amor en general. (Ésta no quiere coles, me cortó radicalmente).
-¡Ah, bueno!
-Bueno, Mario, vamos a ver, que entre unas cosas y otras se me está pasando el tiempo. Yo soy de Estadísticas, del Ministerio de Información, Comunicación y Bienestar Humano. Quiero recoger información sobre la clase de bienestar que gozan los habitantes de tu barrio, de sus gustos, de su salud. De la alimentación de los adultos y niños, de los ruidos, del número de tiendas... en fin, datos fiables que me puedas aportar. Porque, según mis referencias, aquí vives desde hace más de veinte años y eres de sobra conocido y conocedor.
-Sí, veinticuatro para ser exactos. Pero lamento mucho no poder complacerte porque yo no conozco el nombre de todos, ni mucho menos. Conozco a la del quinto, a la frutera, y al de la prensa. Y al del bar, que se llama Leoncio. Pero nada más.
-No; no me has entendido. De ellos ya me iré ocupando en su momento. Se trata de tus datos exclusivamente. Hay que rellenar este formulario y firmarlo. Como ya conozco lo suficiente de ti, lo haré yo.
-Pero pon ahí que yo estoy en el paro, que llevo meses sin trabajar. Y la casa está como está por mis padres, que me la han puesto toda. Que quede claro que yo estoy sin blanca. No vaya a ser que la cosa se enrede, vaya a Hacienda y ya la tenemos liada.
-Ya hemos terminado. Si te apetece, tráeme el abrigo.
Iba a decirle “ven conmigo”, pero no me atreví. Con esta gente tan segura no debes tener confianzas. ¡Hasta puede ser policía!
-Desde luego.
Por un momento me imaginé que el abrigo, tendido sobre la cama, estaba ocupado por ella. Le ayudé a colocárselo, le toqué los hombros y los percibí fuertes. Me volvió a llegar su perfume.
-¿Vas al gimnasio?
-Soy karateka.
¡Ya lo decía yo! (De buena me he librado).
-¿Qué me ibas a decir?
-Que se te nota, que estás muy bien formada, que te cuidas mucho, que estás muy bien, ¡vaya!
-¡Vamos a dejarlo todo como está! Me ha agradado tu compañía.
-A mí, más. No dudes en volver si te falta algún dato.
Y se fue. Y la despedí mordiéndome el labio inferior y enarcando las cejas.
Veintiocho minutos más tarde llega Beatriz, que viene de la peluquería.
-¿Cómo me han dejado?
-Como siempre.
-Tú, mírame bien. ¿Nada? ¡Qué marido tengo! ¿Es que no ves las mechas?
-Ah, sí, las mechas; por lo demás...
-Me he cruzado en el portal con una chica muy mona, muy bien arreglada; y ella no es del bloque. ¿No habrá estado aquí?
-Aquí en casa, ¿para qué iba a entrar?
-Oye, ¿y estas copas?
-Mariano, que ha pasado por aquí y ha entrado.
-Pero si tú no sabes ni abrir el cajón de las cucharas.
-El zumo lo ha hecho él; ya sabes que es un poco cocinilla.
-Y el perfume que flota, ¿también es de Mariano? A mi no me engañas.
-Es que ha venido con su mujer. (Me estoy liando).
-¿Se puede saber qué querían?
-Invitarnos a un viaje, que fuéramos con ellos a Lisboa. Pero les he dicho que no. (Verás tú lo que va a salir de aquí)
-Dame el teléfono de Mariano. ¿No sé por qué no vamos a poder acompañarlos? Si estoy yo en casa, ahora mismo estaba haciendo las maletas. No puede una faltar.
-Es inútil, ya habrán salido. Tenían mucha prisa. ¡Uff!
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MOLINOS DE LA MANCHA
Hoy voy viajando sin moverme, quiero decir desde la mesa de mi estudio, por mi tierra, hermosa y querida. Y desconocida. Ningún trabajo me cuesta ceñirme a la realidad porque la conozco casi a la perfección. Me gusta novelar, me hallo a gusto cuando invento, me encuentro a mí mismo cuando fabulo sobre una historia de misterio, sobre un crimen jamás conocido por su pureza y perfección. Pero hoy no me hace falta echar mano de la fantasía o de la entelequia. Lo que aquí abajo se dice es pura realidad.
Bien está dar a conocer detalles de lo que se ama aunque resulte de una pedantería pirógena, pero es difícil sustraerse a lo que cobija el alma. Y se dice y se expone pidiendo perdón a quienes conocen los caminos que surcan la llanura y a los que este paisaje que con tanta fuerza me nace les resulta indiferente. O alejado por la geografía o las ideas.
***
La inmensa llanura manchega está salpicada de cresterías y serranías secas y austeras. El cielo interminable se refleja en unas cuantas lagunas interiores que son oasis de caminantes, y donde siguen congregándose multitud de peculiares especies de aves. Y, por supuesto...
Como gigantes contra el cielo, moviendo sus brazos amenazadores, encontramos los molinos que Don Quijote vio en Consuegra (dominadora desde su altura del río Amarguillo, tributario del Guadiana), en Campo de Criptana (en su dominio fisiográfico se desarrollan complejos lagunares y es cruzado por el cauce del río Záncara), en Mota del Cuervo (villa santiaguista y balcón de la Mancha) ... Estas tres poblaciones, visitables en un solo día gracias a las llanas carreteras que las unen, albergan los molinos de viento mejor conservados de toda España. Y siguen allí, como hace varios siglos, aunque ahora como recuerdos mudos de siglos pasados. Los modernos caballeros, los que hoy quedan, se acercan a ellos con respeto y veneración para conocer de primera mano cómo influyeron en la vida de sus coetáneos y para rememorar en nuestra imaginación la colosal aventura quijotesca en la que Don Quijote transmigró la personalidad:
-¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.
-Aquellos que allí ves –respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
-Mire vuestra merced –respondió Sancho- que aquellos no son gigantes, sino molinos de viento.
-Bien parece –respondió Don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes.
En Consuegra, sobre el cerro Calderico, al que se debe escalar a pie para mayor solaz, disponemos de una fascinante vista, probablemente la más bella, de sus once molinos harineros, inmaculados y perennes contra el cielo azul, excesivamente azul, que apisona el paisaje de La Mancha. Más allá o más acá, según se vaya o se venga, el castillo de San Juan en hilera con los gigantes en un apretado compromiso de defensa, Rememorar desde su pie que tamaña salvaguardia no sería la primera vez que ocurriera, pues ya en el año 1097 fue defendido por el Rey Alfonso VI del asedio de las huestes almorávides y donde murió Diego Rodríguez, hijo del Cid Campeador.
La Mancha es una de esas inmensas soledades que quedan en España, como el Valle de Alcudia al que pertenezco y el que se incorpora al paisaje. Una soledad agitada por una vida tremenda que casi no se percibe desde lejos, pero que te abruma y te posee hasta la fatiga cuando te entregas a ella.
***
Torre de encabritados miradores,
intermedio de surcos y de nubes,
el molino de viento tiene un subes,
un subes y un abajas vibradores.
*****
(Está frente a los vientos llegadores,
delante de los surcos y las nubes,
y aterriza en los campos si te subes
a sus encabritados miradores).
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Tiene una solitaria ejecutoria
con aspas relojeras. Determina
monotonía en círculos de noria.
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Resiste en su puntal, tiembla, se inclina
curvado en su velamen. Muele historia
lidiando el viento-toro que lo empina.
LA MILAGRA Y LA CULEBRA
Doy uno de mis paseos solitarios por el campo, perdido en mi hermoso Valle de Alcudia. Los disfruto cuando voy al pueblo; son relajantes, calmantes. Es como si la naturaleza te aplicara unas gotas de su medicina y te aflojara la tenaza de la tiesura y de la resistencia al sosiego de la que nadie escapa. A lo machadiano: ligero de equipaje, sin otro que no vaya más allá que una cámara de fotos y una botella de agua. Imprescindibles en una tierra quemada por un sol implacable.
Soy mal fotógrafo, malo como casi en todo; pero el pertinaz afán de superarme me va mejorando. Y fotografío el color de la tierra, la abeja en la flor, el pájaro en la encina, un charco, una pared de cercado en ruina...
Absorto, casi piso en La Milagra una enorme culebra dormida a la sombra de un espino, envuelta en sí como rosca de churrero. Posiblemente reposa su almuerzo.
A mí estos bichos me repugnan, son los únicos enemigos que tengo y los persigo a muerte. Pero me ha venido al pensamiento mi mala uva cuando alguien me despierta si duermo placenteramente y he seguido mi camino sin hacer maldad.
Tan fácil como lo tenía.