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 Amor: un juego en el cual hay dos que pierden, el hombre y la   mujer.

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8-10 Personajes libros: Presentación

9-12 Calatrava: La importancia de los castillos en la Reconquista.

18-03- Alcudia-Mochuelos: El Real Valle de la Alcudia, por Víctor de la Serna 


 LAS PALABRAS “ESPAÑA” Y “ESPAÑOL”

 

La palabra España  era pronunciada en esta forma por el vulgo que hablaba latín en la península hacia el año 300 d. de C.; español,  por el contrario, es palabra venida del sur de Francia, del Languedoc, en el siglo XIII, comenzado a usar en Provenza desde el siglo XII en la lengua escrita. Que español  no es vocablo castellano era un hecho que algunos lingüistas conocíamos, aunque corresponde al suizo Paúl Aebischer haber demostrado el origen provenzal del nombre que los españoles se dan a sí mismos.

 

Alguna vez dije en mi cátedra de la Universidad de Madrid, antes de 1936, que español  sonaba a italiano o catalán. Los romanos llamaban Hispania  a la Península Ibérica, provincia de su imperio. En el latín hablado por quienes no leían, ni  ante vocal sonaba ñ  hacia el siglo III d. de C. Por su parte, la i  de Hispania  ya se pronunciaba como e  en los primeros siglos del imperio. Es decir: hacia el año 300 la mayoría de los latinoparlantes decía España,  aunque los cultos escribieran Hispania.  Cuando la lengua castellana comenzó a escribirse en los siglos XI y XII, quienes moraban en los reinos cristianos carecían de un nombre no religioso que a todos los abarcara. En diplomas extranjeros anteriores al siglo XIII, al habitante de la España cristiana lo llamaban Hispanus o Hispaniscus. Habría que añadir a esto que en la época visigótica –según revela la toponimia- aquellos se llamaban Romanos, Romanillos, Godos, Godiellos, Goda, Godina, Romanones, etc. Iniciada la Reconquista, los topónimos con sentido étnico fueron Astures, Galleguitos, Toledanos, Basconcillos, Castellanos, etc. El adjetivo español no aparece hasta fines del siglo XIII: el nombre común de los habitantes de los reinos cristianos era sólo el de cristianos.

El nombre España, aparte de esto, se daba por moros y cristianos, en los siglos IX al XI, y aún más tarde, a la zona de la península de lengua árabe y religión musulmana, ya sin conciencia de formar parte de la Hispania romana o visigótica. El nombre español no aparece como étnico en ningún texto antes del siglo XIII.

 

Desde hacia mucho algunos habíamos observado que la forma de la palabra español  no casaba con el fonetismo castellano: de hispaniolus tenía que haber salido españuelo, como de panneolus deriva pañuelo. Lo malo es que los lingüistas no teníamos presente que la lengua es expresión de situaciones de vida, y no se nos ocurría descender al subsuelo de éstas y de aquélla.

 

Pongamos fin a la farsa de llamar españoles al emperador Trajano, ala filósofo Séneca y a San Isidro de Híspalis (Sevilla es arabización de Híspalis). Ninguno de los cuales es español, porque entonces no los había; por el mismo motivo no son italianos Augusto y Marco Aurelio, ni francés Carlomagno.

 

"Sobre el nombre y el quién de los españoles"

Américo Castro


 

LA ABSENTA Y EDGAR DEGAS

 

 

 

La  valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que le es posible soportar.

El camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio.

Nietzsche

 

No le placía  a Degas enfrentarse a la naturaleza como lo hacían la mayor parte de sus contemporáneos: “No quiero perder la cabeza frente a la naturaleza”, decía. Lo suyo era empaparse de “modernidad” y admirar las manifestaciones de la vida urbana, con mirada escéptica. Y buena prueba de ello es este fragmento del cuadro que os presento, “Bebedores de absenta”, fiel compendio de una nueva manera de entender la relación del hombre con la bebida a lo largo del siglo XIX.  Un siglo en el que nace el alcoholismo como concepto y el bebedor solitario como una nueva figura humana.

Se desata una campaña contra el alcohol y sus funestas consecuencias, vinculada, casi siempre, a una pretendida inmoralidad obrera y, por supuesto, a un alcoholismo mundano que se extiende con rapidez. Y entre las bebidas que sufren los ataques más duros se encuentra la absenta.

Cuando Degas pinta el cuadro su consumo estaba bastante generalizado, sobre todo entre los bohemios intelectuales... Se cuenta como Toulouse-Lautrec salía de casa siempre provisto de una cierta cantidad de absenta que colocaba en un hueco del mango de su bastón. Y que este licor tiene una larga historia, muy ligada a la propia historia de Francia, rodeada de un cierto componente histérico. Incluso un grupo investigador de la Universidad de Newcastle ha descubierto que algunos de sus componentes se relacionan con los receptores de la acetilcolina, que funciona como un neurotransmisor.

Pero volvamos al cuadro, que estoy errando el tiro. Existe en él esa mutación de la imagen del bebedor tradicional, “bonachón, expansivo y alegre”, por otro en el que la embriaguez se interioriza en una suerte de absorción solitaria que refleja un malestar vital. Además, se impone la bebida como algo relacionado con cualquier tipo de acontecimiento feliz. Son muchas, sin duda, las causas que dan lugar a un aumento progresivo de consumo de alcohol, ligadas todas ellas a una nueva vida cuyo bienestar material creciente no ha encontrado aún unas formas de ocio, acordes con los tiempos que corren.

Degas capta, además, la presencia activa de las mujeres en los cafés parisinos y su incorporación pública a una forma de vida para ellas hasta ahora vedada. Los dos personajes no se miran, ausentes uno del otro, como si “El hada verde” (así se denominaba la absenta), con su sabor anisado y su fondo amargo de tintes complejos se hubiera apoderado de sus mentes, y los hubiera retrotraído a tiempos en los que la bebida era una ofrenda ritual, rodeada de un ceremonial que alcanzaba incluso al modo de servirla: en vasos muy variados y exóticos, junto con la típica cuchara diseñada con perforaciones en la cazoleta. No debe extrañar que Van Gogh, ebrio de absenta, se cortara el lóbulo de la oreja y se la diera a una meretriz, y que Picasso la elevara a tema magistral en varias de sus obras.



 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

  

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