Es el Valle de Alcudia uno de los parajes más sobresalientes de Castilla La Mancha. No es sólo su paisaje intocable el que cuenta, sino la bondad de su tierra y el legado de civilizaciones que dejaron su impronta. Es así que al reclamo de sus pastos y de su clima sigue siendo alojamiento y refugio de la ganadería leonesa y soriana. Es así que fue centro minero romano y atalaya ibérica relacionada con Tartessos. En una punta del Valle, Alamillo y Almadén (las minas de cinabrio más importantes del mundo); en la otra, la refinería de Puertollano. Y dentro, Sisapo se descubre al pie de la firma que dejaron hace miles de años los volcanes que tiranizaron el Campo de Calatrava. Y allí se yergue orgullosa una encina milenaria, madre de todas las encinas del Valle, protegida y mimada, de la que se cuenta que su sombra da cobijo a mil ovejas. Por eso se la conoce en los libros como la Encina Bonita o la Encina de las mil ovejas.
Yo nací en estos parajes, de ahí que no refrene mi brío por presentarlo someramente.
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SISAPO, ¿POR QUÉ?
Por mi amor y respeto a la arqueología. Porque la tierra y la piedra son documentos que dejan leer en un campo sin letras firmado millones de años atrás. Porque nos descubren el mensaje oculto de las capas de la tierra y nos encaminan a nuestro pasado más remoto; porque la arqueología permite una documentación que puede ser sesgada, no lo niego, pero lo que se ha conservado no lo está de forma “voluntaria”, y al no haber esa voluntariedad de conservación permite un registro amplio. Más amplio que como lo explican los documentos escritos. Porque unas piedras colocadas por la mano del hombre o unos trazos de color en una roca nos ofrecen la expresión de una forma de entender el mundo.
Y porque Sisapo está tan cercano, tan a mano, es tan nuestro, que lo he elegido como bandera de la web.